viernes, 5 de agosto de 2011

Ser prolíficos



Ser prolíficos,
Ahora y en todas las horas de nuestra vida
Ser prolíficos.
Amar con todo lo que se pueda:
Con la mente, los ojos y las uñas.
Amar a nuestra mujer, a nuestro hombre;
Amar al amigo, al hijo y, si se puede,
a nuestra propia sangre.
Respirar todos los aires: ¡respirar!
El hielo de la noche que se muere,
Respirar la brisa,
Atrapar toda la bosta de un suspiro.
Ser prolífico en la vida, en la luz.
Paralizarse de miedo, enfriarse como un rolito;
Abrir todos los vinos
Y brindar hasta que la zanja
Sea nuestra almohada más mullida.
Parir, tener cien hijos.
¡Escribir! Acariciar las letras,
Almidonar alguna frase, afear otra.
Escribir hasta sangrar hasta doler hasta reir.
Dejar millones de páginas a nuestro paso.
Cincelar los adjetivos, cagar la letra, ¡escribir!
Hacer proliferar los buenos sueños,
Las manos entretejidas.
Hacer proliferar la empatía;
Ponerse siempre en el lugar del otro y sentir.
No hacerse el gil:
Sentir las cejas cargadas de mugre, el sol en la jeta,
El vino rancio, como una lija atravesando la gola.
Gritar la injusticia, atacarla;
Juntarse con los que gritan.
Ser prolíficos en los abrazos.
En suma, hacer proliferar
Espalda contra espalda
Las espadas contra el egoísmo.

jueves, 21 de julio de 2011

Buenos Aires no es para todos

Este informe, perteneciente a los periodistas Manuel Alfieri y Fernando Pittaro, fue publicado en el diario Tiempo Argentino del 20 de julio. Para continuar reflexionando de cara al balotaje en Capital Federal.

En los últimos días, la gestión de Mauricio Macri volvió a mostrar la desidia y el fracaso de su política hacia los sectores más vulnerables de la Ciudad de Buenos Aires. El detonante fue la muerte de un bebé de un año y medio, Benjamín César Santino Paja, al incendiarse el miércoles de la semana pasada un edificio que el gobierno porteño administraba en La Boca. En ese supuesto “hogar de tránsito”, hacía una década que 120 personas vivían hacinadas y en extrema precariedad.El episodio reveló la lógica con que el macrismo decidió tratar la emergencia habitacional en la Capital Federal: oponiendo “la defensa del espacio público” a los derechos de quienes están en situación de calle; hombres, mujeres y niños que luego de los desalojos vuelven quedar sin techo o terminan invisibilizados en hogares como el de La Boca y paradores que, por su criterio de admisión, llevan al desmembramiento de la familia. Y como solución económica, se les ofrecen subsidios y créditos hipotecarios a los que, paradójicamente, casi nunca están en condiciones de acceder.La muerte de Benjamín ocurrió a poco más de un mes del desalojo del asentamiento La Veredita, en Villa Soldati. Tras la destrucción de sus viviendas, las 200 familias que fueron corridas por las topadoras de Macri y su ministra de Desarrollo Social, María Eugenia Vidal, volvieron a quedar libradas a su suerte. Este diario pudo confirmar que ya no se encuentran en ninguno de los techos transitorios que ofrece la Ciudad. Después de entregarles una primera cuota que va de $ 700 a $ 1200 de subsidio, el gobierno se desentendió del asunto. Así lo confirmaron a Tiempo Argentino Lisandro Teszkiewicz, de la ONG Abogados por la Justicia Social (AJUS), que representó a parte de los desalojados, y Gustavo Moreno, asesor tutelar ante la Cámara de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo y Tributario de la Ciudad. “Muchos no van a cobrar las otras cuotas, porque, por ejemplo, se exige presentar un recibo de alquiler válido AFIP: si vos conseguís por esa plata que te alquilen una pieza con un recibo válido AFIP, yo te levanto un monumento”, ironizó Teszkiewicz. En el mismo sentido, Moreno agregó que “Macri viene incumpli endo todas las medidas cautelares que dictó la justicia” en relación a la entrega de los subsidios, ya que dos magistrados habían dictado que se realizara en un único pago de $ 7200.Por otra parte, en las cuadras que se conservan de La Veredita siguen viviendo en condiciones paupérrimas unas 370 familias, incluidos 1300 chicos, según el cálculo de los propios habitantes. Después del desalojo de sus vecinos, les cortaron la luz, y las ambulancias y camiones de basura dejaron de ingresar.Claudia Carabajal es tucumana y llegó hace un año y medio al asentamiento. Después de pasar por la Villa Cartón, hoy aguarda por un departamento que le prometió el gobierno. “En abril salió la primera tanda y sigo esperando”, contó. Su techo lo comparte con 20 personas más. Tiene gatos para espantar a las ratas y el inodoro es un tacho que trata de mantener limpio con lavandina y agua. Claudia sale a cartonear tres veces por semana en la zona de Flores. “La única ayuda que tengo es la tarjeta Ciudadanía Porteña, que da $ 150 para comprar mercadería por mes. Las asistentes sociales saben nuestras necesidades, pero no hacen nada”, se lamentó.Al lado de su casilla hay otra igual de precaria. Ahí viven hacinadas 15 personas que el viernes pasado no paraban de llorar. Era el dolor por la muerte de Ricardo Tolosa, un bebé de apenas tres meses que había fallecido el día anterior. Era el hijo de Daniel y Analía, de 20 y 19 años, respectivamente, que atribuyeron la muerte de Ricardo a las condiciones de vida infrahumanas a las que están sometidos. Desconsolada, Analía relató que “el bebé había nacido con problemitas de bronquios. Fue al hospital, estuvo internado 20 días, le dieron el alta y lo trajeron para acá. Pero con el frío que hizo esos días la neumonía empeoró y falleció.”A pesar de estas condiciones tan difíciles, la mayoría de las personas en situación de calle evitan pisar los paradores de la Ciudad, que están bajo la órbita de Desarrollo Social. La principal razón es el desmembramiento que suponen para las familias ya que, salvo uno, todos separan a los hombres de las mujeres y los niños.“No quieren ir a los paradores. Ya saben cómo es. Todos le tienen terror, porque te separan”, contó Norma Andía, que está a cargo de la asociación civil Colectividad Boliviana Unida 6 de Agosto, un comedor popular que abastece a varios de los habitantes humildes de la zona (ver recuadro). “Estar en esa situación sin tu familia, sin tus amigos, es lo peor que te puede pasar. Además, tienen que salir durante el día y volver a la noche, y con este frío, ¿adónde van a ir?”, se preguntó Andía.Para Mabel López Oliva, quien está a cargo de la Asesoría Tutelar Nº 1, “no se encuentra ninguna lógica para desmembrar familias, salvo casos de extrema precariedad donde se provoque alguna situación de violencia”. La asesora tutelar, que se ocupa de controlar el funcionamiento de los paradores que reciben a niños y adolescentes, agregó que “incluso uno podría cuestionarlo desde el punto de vista de los tratados internacionales que velan por la convivencia familiar de los chicos”.Tiempo recorrió cinco de los paradores de la Ciudad. Uno de ellos está ubicado en el barrio de Retiro, sobre Gendarmería Nacional 522. Brinda asistencia a 160 personas por día y sólo aloja a hombres mayores, entre las 6 de la tarde y las 10 de la mañana. Cumplido ese plazo, deben abandonar el lugar. Por eso, cada día, desde las 13 se puede ver a unas 100 personas haciendo fila para conseguir un cupo a las 18, cuando se abren las puertas. Igual situación se repite en el hogar Azucena Villaflor, para mamás con niños.Oleh Klymvshko, de 43 años, es un ucraniano que hace once años vive en Buenos Aires y habla perfecto castellano. En 2010, lo echaron de la fábrica en la que trabajaba, se quedó “sin nada” y empezó a vivir en plazas. “Desde Asistencia Social me dijeron que tenía que presentar un domicilio para cobrar un dinero mensual. ¿Pero qué voy a presentar? ¿El banco de Parque Lezama?”, se quejó Oleh, que ahora vive de parador en parador. “Me puedo bañar y tomar algo caliente, pero esto no es solución –admitió–. Lo que quiere la gente que está acá es trabajar. Cuando estás en la calle, todo es rechazo.”En ese sentido, López Oliva remarcó que “el parador es apenas un abrigo, pero nunca es una vivienda digna”. Para la asesora tutelar de menores, “los paradores tienen sentido en el marco de una política progresiva que tienda a generar precariedad habitacional cero o mínima, pero como no hay articulación entre las distintas áreas del gobierno, entonces la gente vuelve a la calle y termina siendo ‘cliente’ del sistema, porque esa cuestión estructural no se resuelve con un subsidio”.En mayo pasado, López Oliva presentó un amparo ante la justicia porteña por el pésimo estado edilicio y de funcionamiento del parador Costanera Sur, el único que recibe a familias completas y que fue inaugurado dos años atrás. Además de refacciones, exigió la elaboración de un protocolo que articulara con el resto de los ministerios y efectores de vivienda del gobierno. “Primero, hice el reclamo administrativo en varias oportunidades, incluso le mandé oficios a la ministra, pero no tuve respuesta”. El 24 de junio pasado, la jueza Andrea Danas ordenó que el Ejecutivo hiciera lugar a los pedidos y los concretara en diez días. “No cumplieron con los plazos y lo denuncié ante la jueza. Finalmente, algunas obras se hicieron pero otras están aún sin terminar”, explicó López Oliva. En cuanto a los subsidios que ofrece Desarrollo Social, además de las dificultades para mantenerse dentro del beneficio, el abogado Teszkiewicz explicó que de ser un dinero pensado para fortalecer los ingresos destinados a la vivienda –lo que muchas veces impedía un desalojo–, en 2008, con el decreto del 960, el macrismo lo redefinió como un subsidio para gente en situación de calle. “Es decir que ya no podés acceder si no estás desalojado”, resumió.Se estima que Desarrollo Social entrega una cantidad de 5000 subsidios por año, lo que supone un total de 20 mil “desalojados”, tomando como base una familia tipo de cuatro integrantes. “Pero la plata no alcanza, porque en tres años, con esta política, cada vez hay más gente con necesidad crónica de subsidio, que pasan a engrosar un stock”, señaló Teszkiewicz. Esto hizo que en agosto pasado la cartera que dirige Vidal tuviera que cerrar sus puertas por 20 días, ya que se había quedado sin fondos que entregar.Otro tanto sucede con el dinero del Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC) para construir casas. Con el macrismo, el IVC devino en un organismo de crédito con parámetros casi iguales a los de un banco comercial, con la única diferencia que otorga cuotas bajas y una tasa blanda: hasta 165 mil pesos si se trata de un individuo y hasta 165 mil pesos por unidad a construir en el caso de una cooperativa. “Pero desde 2008 que no se inicia ninguna nueva obra por cooperativa y se paralizaron las que estaban en marcha. En distintos momentos, se fue frenando la liberación de los pagos, lo que impide que se continúe la construcción”, aseguró Teszkiewicz.El IVC tenía a su cargo el edificio incendiado donde murió Benjamín. Era parte de su programa de Rehabilitación La Boca, que incluye la remodelación de los conventillos del gobierno y la entrega de créditos para una solución habitacional definitiva. La legisladora de la Coalición Cívica Rocío Sánchez Andía informó que “la ejecución del primer trimestre de 2011 para ese programa fue sólo de 0,11% de los $145.375.000 que tiene asignado”, y que “en 2010 sólo se ejecutó el 5,19% del monto otorgado”. Sánchez Andía agregó que el edificio siniestrado era uno de los cinco hogares de tránsito que utiliza el IVC y que “todos se encuentran en condiciones de infraestructura deficitaria”.De esta forma, a pocos días del ballottage en la Ciudad, el macrismo vuelve a dejar en evidencia su fracaso en materia de emergencia habitacional. Claro que eso, desde cierto punto de vista, no puede considerarse síntoma de ineficiencia: tal vez se trate de una meditada decisión política.

miércoles, 22 de junio de 2011

De un lado o del otro






En la mayoría de los aspectos -sino en todos- la vida de los hombres está atravesada por elecciones. Se elige, aun siendo un gurrumín, entre gatear y comenzar a caminar. Se elige comer o no hacerlo. Se elige, más adelante, convivir en el seno de nuestro núcleo familiar, o rebelarse contra él o parte de él. Hay también elección en la emancipación, en la sexualidad, en la vocación y en los afectos que nos rodean. Y, en cierto modo, también existe elección en la tipología de hombre o mujer que más nos agrada tener a nuestro lado.
La elección está presente en la música que nos alegrará la vida y en la que apaciguará nuestras tormentas. Y en si abrimos un paquete de papas fritas o mejor nos cuidamos esta semana consumiendo más vegetales y frutas. Hay elección en tender una mano, o en pensar un poco más en nosotros porque no es el momento de afrontar un acto solidario.
Hay también elecciones colectivas: aquellas a las que arribamos a partir de ciertas concordancias con el otro, para alcanzar un objetivo favorable a todos. Y la lista sigue indefinidamente.
Claro que -no seremos tan idiotas de autoengañarnos- somos seres condicionados, tanto por factores inherentes a nuestras historias personales como por las circunsancias externas que nos rodean: una molesta bolsa de ingredientes que nos determina a la hora de adoptar una decisión. El filósofo, escritor, dramaturgo y muchas otras cosas más francés Jean-Paul Sartre (París, 1905-1980) dijo una vez: “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Aunque el mismo hombre consideraba que el ser humano está "condenado a ser libre", es decir, arrojado a la acción y responsable plenamente de la misma, y sin excusas.
En este contexto, y siendo partícipes más o menos activos de la construcción de una nación -su historia, sus aspectos culturales, sus aciertos, sus errores, sus revueltas populares, sus gobiernos-, pienso que todos arribamos, tarde o temprano, a un momento en nuestras vidas en que debemos elegir. Optar por caminos bien opuestos; elegir entre dos sendas, con diferencias a veces sutiles y otras muy pronunciadas, pero pefectamente identificables por el signo que las caracteriza, una frente a otra.
Por si hace falta decirlo, en esta hipótesis desplegada los grises también juegan un papel nuclear, en tanto pliegues cargados de tolerancia o bien de crítica que intenta aportar a la construcción social de una convivencia inclusiva. No obstante, empujo: existen ejes que sólo aceptan matices, pero no vacilaciones. O se está de un lado o se está del otro.
Todos los días comprobamos, como habitantes de una comunidad que integra una nación -en este caso, Argentina-, que la convivencia social está signada por la fragilidad. Partiendo de la premisa de que el hombre es esencialmente bueno -no tengo conocimiento de ningún bebé asesino, timador, malvado o estafador-, en el marco de esa fragilidad cada uno de nosotros adopta decisiones y conductas para que la quebrantable convivencia resulte la mejor posible: condenamos la pobreza cruel -patentizada cada día en las más crudas postales urbanas-; tratamos de brindar nuestra asistencia a aquella anciana que necesita subir al colectivo; nos alegramos porque, por fin, el asfalto ha llegado a nuestra calle; armamos una comisión en el barrio para exigir a nuestros gobernantes un tendido eléctrico o cloacal que mejore la calidad de vida de todos los vecinos; etcétera.



COMO NUNCA ANTES.
Así las cosas, y teniendo en cuenta que estamos atravesando una etapa de álgidos debates, en esta instancia viene mi pregunta: ¿Por qué una franja de población vacila o, lo que es peor, condena, medidas adoptadas a favor del bien común, todas ellas absolutamente comprobables y nunca antes adoptadas por gobiernos anteriores?
Vayamos recorriendo los tópicos que, a mi entender, deberían gozar de consenso sin cuestionamientos.
Mucho se ha avanzado en el terreno de los Derechos Humanos de 2003 a esta parte, condenando uno tras otro a jerarcas y subordinados militares que cometieron todo tipo de atrocidades durante la dictadura: desde torturas hasta fusilamientos, pasando por apropiación ilegal de niños y robos durante sus oscuros operativos. ¿Qué hay de condenable en la aplicación de justicia a estos delitos? A quienes exigen la misma mano dura que en otras épocas, ¿Qué les sucedería si un nefasto personaje armado les sustrajera a sus hijos del núcleo familiar, y los hiciera desaparecer en el aire para siempre, como por arte de magia? ¿Cuál es el error en el hecho de que se haga cumplir la Ley y la Justicia en relación con los crímenes de lesa humanidad? ¿Qué hay de malo en que el Estado juzgue y condene a quienes, ocupando en otros tiempos un rol dentro del Estado, levantaron reprimendas contra su propio pueblo, en lugar de protegerlo?
A un año de haberse implementado, la Asignación Universal por Hijo llega a 1.927.310 hogares distribuidos en todo el país, y cubre las necesidades (mínimas) de 3.684.441 niños. Una pequeña -pero invalorable- gota de aporte en la redistribución de la riqueza. Antes de este programa, el 62% de los niños de nuestro país (nuestro futuro político, científico y cultural) no estaba cubierto por planes sociales nacionales. A partir de este hito, se incrementó hasta un 40% la vacunación y se elevó un 40% la inscripción en el seguro médico estatal Plan Renacer. Y la matrícula escolar, se sabe, aumentó un 25%. ¿Cuál es la crítica a que nuestros niños sean tratados como lo que son, niños, y que reciban los mayores cuidados posibles? ¿Creen de verdad que la mayoría de la población beneficiaria de la Asignación Universal por Hijo gasta ese dinero en “juego y droga”? ¿No reflexionan que quizás ese dinero derive en alimentos, higiene, ropa, imprescindibles para el sano crecimiento de cualquier niño? ¿Por dónde pasa la crítica al hecho de que los más necesitados sean por fin tenidos en cuenta?
¿Por qué, en tiempos de inundaciones o catástrofes naturales, es tan fácil acercar ropa y alimento a quienes más lo necesitan, y en cambio se nos hace tan cuesta arriba tender -o dejar que el Estado tienda- una mano al boliviano, al peruano, al argentino en condiciones de extrema pobreza? ¿En dónde radica la diferencia? ¿En el morbo de presenciar cómo el río arrasa con las viviendas?
El traspaso de las jubilaciones a manos del Estado y la disolución del sistema de AFJP posibilitó que los fondos de todos los argentinos destinados a jubilaciones abandonaran la ruleta financiera -con sus consecuentes millonarias pérdidas- para pasar nuevamente a un sistema con respaldo estatal. De manera complementaria, el haber mínimo jubilatorio pasó de $ 150 en 2003 a cerca de $ 1.200 por estos días; y la Ley de Movilidad Jubilatoria (Nº 26.417), que entró en vigencia en 2009, pone en marcha incrementos anuales en las actuales jubilaciones. ¿Por qué estría podría llegar a ingresar una crítica a este conjunto de decisiones? ¿Realmente alguien querría presenciar la paulatina desaparición de sus fondos jubilatorios a manos de las AFJP?
Pasemos revista a la educación. En la actualidad, y en respuesta a lo que exige la Ley de Financiamiento Educativo, el 6,47% del PBI se destina a presupuesto educativo, de ciencia y tecnología. Cuando Néstor Kirchner arribó al gobierno se utilizaba el 2% del PBI en educación, y casi el 6% para pagar deuda. Hoy esa ecuación se invirtió: en 2010 se destinó el 6,47% del PBI a educación y sólo el 2% al pago de deuda. Aleatoriamente, se implementó la educación secundaria obligatoria, y se mejoró el piso salarial docente en un 402%. ¿No es necesario un pueblo educado? El argumento de los irreflexivos es: “Este gobierno necesita un pueblo ignorante para someterlo cada vez más”. Pero con estos número queda demostrada la feroz apuesta en la educación. Entonces, ¿por qué lado le entramos a la falacia de la necesidad de un pueblo ignorante?
Hablemos de fuentes de trabajo: entre 2003 y 2010 se crearon más de 2.400.000 puestos de trabajo formales. Lo que se patentiza día a día: las largas colas de búsqueda de empleo, postales heredadas del neoliberalismo de Menem y De la Rúa, resultan hoy mucho menos frecuentes que en 2001 y 2002. Además, la vuelta a la celebración de paritarias ha posibilitado a todos los asalariados sentarse cada año con sus empleadores en una misma mesa de discusión. ¿Acaso es poco? Por supuesto que debemos traccionar para ir por más, pero ¿es poco lo conseguido? ¿Acaso no cuenta la estabilidad laboral en nuestras vidas?
Habrá quien piensa: “Lo que tengo lo hice deslomándome cada día”, que equivale a decir: “No dependo de ningún político. Son todos chorros”. ¿De veras podemos continuar planteándonos nuestra participación en la vida civil en estos términos? ¿Por qué, de una vez por todas, no tomamos conciencia de que hasta el precio del tomate o de los huevos, o nuestras próximas vacaciones en Santa Teresita, están además determinados por políticas de gobierno, por decisiones políticas?
Ante estas demostraciones, que corroboran que se está transitando un camino que persigue la mejor convivencia posible -la convivencia que en su discurrir incluye al otro, que apela a cierta composición de desinterés y generosidad que tantas veces ha caracterizado a los argentinos-, cabe preguntarse también por qué los pensamientos de una buena parte de nuestra población fueron invadidos por afirmaciones basadas en argumentaciones falaces.
Señoras, señores, aprovechemos la ola para desertar, de una vez por todas, de la apatía y el analfabetismo político. El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956) dejó escrito en uno de sus textos: “El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.

DE COMO PONERSE A LABURAR.


Señoras, señores, según mi modesto entender, se acercan horas de plantarse. De una vereda o de otra. Se vienen tiempos de abandonar el desinterés teñido de rebelión canchera, que no hace otra cosa que dejar parado a sus tenedores en medio de una ciénaga ideológica: un territorio dominado por la idiotez.
Por un momento debemos plantearnos en qué territorio pretendemos permanecer: si en aquel que tiene en cuenta al prójimo o en aquel que simula tenerlo en cuenta, pero que cada vez lo desplaza más hacia la marginalidad.
Por una vez, y hasta el dolor, debemos esforzarnos en la reflexión. Transformar el polvo de las vacilaciones en la patente carnadura de una Latinoamérica pasional, viva, contradictoria, llena de colores. Una Latinoamérica que se asume tal como es, no extranjerizante, tendiente a la inclusión.
Porque a eso apuntaron los próceres que hoy honramos. Bolívar, San Martín, Artigas, O´Higgins, ¿fueron sólo figuritas en los manuales escolares? No: se trató de grandes hombres, a quienes hoy recordamos y veneramos por su potente ideario de una Latinoamérica funcionando en bloque. Si Manuel Belgrano estuviera vivo, ¿con quién creemos que se sentaría a tomar unos mates: con Evo Morales o con Mirtha Legrand?
Se vienen tiempos de poner en marcha el motor del análisis, de exterminar la desidia, de asfixiar el desinterés por cotejar informaciones, de dejar de comprar como pescado barato aquellos símbolos que tienen por única intención instalar, a través de la distorsión, el desgano de sentirnos argentinos. Ya estamos grandes, no podemos hacernos los giles durante tanto tiempo.

“El infierno de los vivos no es algo que será: existe ya aquí y es el que habitamos todos los días, el que formamos estando juntos. Dos formas hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y convertirse en parte de él hasta el punto de dejar de verlo ya. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio”. De “Las ciudades invisibles”, de Ítalo Calvino.

jueves, 19 de mayo de 2011

Por la mirada



“Esperaban encontrar también a un hombre en la casa y sólo había dos mujeres, pero la duda duró muy poco. Uno de los comandos había hallado en el doble fondo de un cajón la foto de Gerardo Gatti tendido en el camastro de Orletti. La tortura comenzó de inmediato. Asilú era golpeada en una habitación de la planta baja. Sara era demolida a puñetazos y patadas sobre la cama, en su dormitorio. A cada trompada Sara veía cómo se balanceaba el moisés de su hijo y trataba de sujetarlo para que no cayera al piso. Querían saber dónde estaban las armas; dónde estaba Mauricio y cuándo regresaría. Unos veinte minutos después cesaron los golpes y los insultos.

(…)

Escuchó a alguien decir algo sobre el `traslado´. Apretó a Simón con más fuerza y cerró los ojos. Gavazzo entró en la habitación.
-Mejor dejalo; adonde vas no podés llevarlo. Él va a estar bien, no te preocupés. Esta guerra no es contra los niños.
Sara no respondió. Hizo todo el tiempo que pudo, pero el tiempo se acabó. Unas manos se adelantaron intentando sacarle a Simón. Ella se aferró a él y tuvieron que golpearla para quitárselo. Fue la última vez que Sara y Simón se abrazaron, se besaron.”

Extracto del libro “Sara – Buscando a Simón”, de Carlos Amorim, que recoge en orden cronológico el itinerario de Sara en la búsqueda de su hijo.
Tras su exilio político en Argentina, la uruguaya Sara estuvo detenida en el infierno conocido en Buenos Aires como “Automotores Orletti”. Desde allí fue devuelta clandestinamente a Uruguay, junto con otros 30 compatriotas, en la mayor operación de intoxicación informativa montada por las dictaduras militares de ambas orillas. Su hijo Simón, nacido en ese contexto, le fue secuestrado cuando apenas era un bebé de 20 días. Ojalá este pequeño grano de arena sea leído por algunos legisladores uruguayos -militantes de izquierda y conocedores del tema mucho más que quien escribe- para que hagan lo que deban hacer, en estos días de profundo debate sobre el pasado y la construcción de un presente con justicia. Si alguno de ustedes, queridos legisladores uruguayos, está en duda sobre lo que deben hacer, observen una foto de Sara, observen su pacífica mirada, la mirada de una madre que después de un cuarto de siglo se reencontró con su primer calor, y podrán entrever una respuesta.

miércoles, 4 de mayo de 2011

CrisPasión con Simón




Suena el despertador: siete en punto. Uuuy un ratito más. Me enrosco en la frazada como puedo, y me quedo. Salto como si tuviera brasas en la espalda. Pensé que me había quedado dormido: por suerte, no. Son las siete y veinte. Cuesta despegar los párpados, sobre todo si tienen lagañas de toda la noche. No hago demasiado esfuerzo. Casi sonámbulo, me voy a la cocina y cargo la cafetera exprés con un granulado marrón: espero que sea café.
Prendo el calefón para el baño nuestro de cada día. Diez minutos, rapidito. Me envuelvo en la primera toalla que manoteo.
Pienso por qué cuernos tengo tanto sueño. Me retrotraigo a las siete de la tarde del día anterior, hora en que normalmente llego a casa. En qué lio te has metido, pienso. Me acuerdo cómo mi hijo Simón, de 10 cortos y enérgicos meses, me tuvo a las corridas apenas pisé mi casita. Lo tomo de las dos manitos y lo ayudo a caminar, porque tiene ganas de ir a ver cómo gira el lavarropas, pero enseguida se aburre y me conduce hasta la pileta del baño y quiere que le moje las manitos porque parece que le gusta el agua, pero se aburre enseguida y quiere que lo conduzca hasta su cuna, porque le gusta revolcarse con su oso Camilo, pero a los cinco minutos llora como una hiena y le digo esperá Simón, pero Simón no espera y me aturde, entonces le hago upa y el pibe-ni-una-lágrima-más ahora quiere bajarse y gatear y va directo a la mesa de la televisión y yo voy corriendo detrás para evitar que los cinco minutos siguientes se traduzcan en tortilla de Simón.
Llega la hora del baño -de Simón, no del mío-, y con mi hermosa compañera de ruta de vida aprontamos todo. Lo bañamos y le hacemos morisquetas. Y también pequeñas obras de teatro recién inventadas, cuyos protagonistas son el pato de hule y el hipopótamo-termómetro, ese que sirve para medir la temperatura del agua.
Luego del baño viene la cena -la de Simón, no la nuestra-. Avioncito, toc toc déjeme entrar, qué papa más rica, Manuelita la tortuga, central de Fukushima, el oso Camilo también come como vos, misiles, torpedos, pelota al ángulo: pocas cosas lo convencen de que tiene que abrir la boca y engullir. En qué lío te metiste, Maxi.
Vuelvo a este momento, a después del baño -el mío, no el de Simón-. Ya estoy un poco más despabilado, y pienso en que para los próximos meses deberíamos canalizar algo de nuestra energía -la de mi esposa y la mía- hacia alguna forma de participación popular. Pienso en los huevos de Cristina Fernández, y también en los errores de gestión: “Pucha, qué bueno esto, y esto otro. Y puta madre, cómo le pifiaron en esto. Pero a Cristina no le podemos endilgar que no labura. Labura, y porque lo hace, acierta y se equivoca”. En todo eso pensaba, y mientras me secaba los espacios entre los dedos de los pies, escuché una risita que venía desde la cuna. Adiós, adiós pensamientos; se me entremezclan: “La mamadera… hay que preparar la mamadera de Cristina… No, gil… qué lindo poder pensar en un proyecto Simón nacional… Simoncito, mi dulce Simoncito. Y la Asignación Universal por Hijo, y la cuestión distributiva, pero hay que seguir profundizando, todavía hay muchas urgencias uy se habrá meado, hay que cambiar ese pañal… Ojalá ganemos… ojalá no se haya meado mucho…”. En qué lío nos hemos metido, pienso otra vez. Me acerco a la cuna, y un sol recostado me sonríe, con los ojos abiertos aunque hinchados por el sueño reciente. “En qué hermoso lío nos hemos metido”, pienso.

La república de iguales



Esa noche Dios Momo abandonó su trono. Y le clavó al niño una sonrisa que quizás le dure hasta hoy. La historia a la que me refiero le sucedió a
-¡Tincho!, ¡Tincho! ¡Andá a lavarte las manos que está la comida, querés! ¡Dale que falta poco para que lleguen!- dijo la madre.
Por ese entonces, Tincho tenía cuatro años, y vivía en una casita de una villa de emergencia cuyo nombre no recuerdo, allá por Moreno.
Pelopincho, ojos de carbón, pantalón cortito, piernas de escarbadientes, Tincho se sentía contento por anticipado. No sabía demasiado bien qué sucedería, pero la alegría lo atravesaba de pies a cabeza.
Era una de esas tardes de febrero en que la canícula se tornaba insoportable. En el terreno baldío que daba frente a la casa de Tincho, algunos vecinos de la villa ultimaban los detalles para el festival que acontecería en las próximas horas: un tablón inmenso sobre tres caballetes serviría de mostrador para vender pastafrolas, choripanes y cocas; dos postes de luz desvencijados resultaron ideales para colgar unos banderines que, aunque descoloridos, conferían al terreno cierto aire de club social y deportivo. Una pena: lucecitas de colores no había. La guita de la comisión organizadora no daba para tanto. Aunque sí consiguieron un par de parlantes grandes para el sonido y la música.
Allá, algunos pibes jugaban al carnaval, y de trinchera a trinchera se tiraban agua con recipientes multiformes: desde vasos y botellas plásticas cortadas al medio hasta baldes y palanganas. Un poco apartado de los vecinos, un morocho peinado a la gomina, cincuentón y elegante, engolaba la voz y practicaba:
-¡Noche de carnaval! ¡Alegría para grandes y chicos!... No, no me gusta… ¡En esta noche de carnaval, con ustedes…!
Tinchito estaba exultante. Si bien se trataba de un festival modesto y a puro corazón, en el barrio estas cosas sucedían cada muerte de obispo. Actuaría una cuadrilla de tambores, una murga -“Tirados a la Marchanta”- y “El Culebrón Timbal”, un grupo de músicos de Moreno que aún hoy se moviliza en un precioso vejestorio (un colectivo Mercedes Benz de los ´70 todo pinturrajeado y con tres muñecos cabezudos sobre el parabrisas).
Con sus cuatro cortos años, Tincho poco o nada se imaginaba acerca de lo que era una murga, o un toque de tambores. Había que esperar un poquito, sólo eso (una espera parecida a la de la Noche de Reyes), y la magia llegaría.
Como era nuestra costumbre (y la de los murgueros en general) llegamos en un micro escolar alquilado, de los naranjas. Apenas arribamos empezamos a descargar nuestros petates (bombos con platillo, cabezudos, banderas, redoblantes). En eso estaba yo, intentando, con cierta dificultad, bajar un bombo por la estrecha escalera del ómnibus, cuando se asomaron una cabecita negra y unos dientes blanquísimos con paletas rotas:
-¿Cómo te llamas?- le dije.
-Tincho- me contestó, y salió corriendo, lleno de vergüenza.
Los que primero actuaron fueron los del grupo de percusión, quienes comenzaron a salpimentar la calurosa tarde con sus toques tribales. A ellos siguieron los de “El Culebrón Timbal”.
A eso de las 19, nuestra murga comenzó a formar filas y a prepararse para su presentación. Éramos alrededor de 50 tipos vestidos con elegantes levitas verdes y violetas, de rostros prolijamente pintados y una polenta que metía miedo. ¡Vamos, eh, vamos que es la nuestra!”, nos dábamos aliento.
El desfile estaba resultando impecable. Ya en el centro del terreno baldío, el vecindario estalló en aplausos de recibimiento. Tomé el micrófono, y mientras presentaba a “¡Tirados a la Marchanta, la máquina del Carnaval!”, fijé la mirada en aquellos ojos negros que habían salido rajando cuando bajé del micro.
Tincho se reía despacito aunque de manera visible; aplaudía y movía los pies como queriendo largarse a bailar, pero su gran vergüenza se lo impedía.
Luego vinieron las canciones de presentación, crítica y retirada. La tarde se encendía de aplausos y voces desentonadas y desencajadas; la magia quería enhebrarse en el aire, pero aún no lo conseguía.

Están invitados a nuestra fiesta
todos los que usted quiera, aquí sobra lugar.
No nos importa cuánta garra hay que ponerle,
lo que nos interesa es vivir el Carnaval

Cantábamos.
Hasta que llegó la ronda de matanza. Para quienes desconocen el tema, la matanza es ese particular momento en que los murgueros demuestran sus habilidades para el baile, tierra, patada, latiguillo y tres saltos bien arriba, como una tribu que hace todo lo posible por caerle bien a su dios a través de una danza ritual.
En el horizonte, una bola roja se iba consumiendo poco a poco, desparramando jirones de sangre sobre los techos de chapa. Se venía la noche, y con ella, un problema: cada vez veíamos menos al murguero que bailaba a nuestro lado, y mucho menos al público. En lo que a mí respecta, sólo veía, a lo lejos, los ojos de Tincho, ahora bracitas encendidas.
Entonces sobrevino una brillante idea. Uno de los chicos de “El Culebrón” acercó el colectivo a pocos metros de donde estábamos bailando, y encendió las luces. Otro vecino trajo su renoleta y también encendió sus luces; otro vino su Torino todo descangallado: en pocos minutos, la pista de baile ritual que era el terreno baldío quedó iluminada desde los bordes hacia el centro.
Entonces sí, dentro del círculo de luz sobrevino la magia. Una extraña e intensa energía atravesó los cuerpos de los murgueros, quienes comenzamos a bailar de manera desenfrenada al ritmo de los bombos con platillo. Tierra, patada, latiguillo y tres saltos, nos desentendimos de cualquier indicio de agotamiento físico.
En ese territorio dominado por el frenesí, fijé aún más mi vista en Tincho. Un piecito tras otro, Tincho caminó hacia el centro de la pista y se animó al tierra, patada, latiguillo. Estaba irreconocible: parecía como si de un solo movimiento se hubiera despojado de toda su vergüenza. Tierra, patada, latiguillo, sus zapatillas desparramaban polvo para todos lados; cada vez más fuerte, cada vez más intenso, tierra patada y latiguillo. Yo lo observaba sorprendido, y en ese momento al mocoso se le dio por dar los tres saltos al compás de los tres golpes de bombo. Dio el primero, y se elevó por encima de mi cintura; luego el segundo, y sus pies casi rasguñaron mi cabeza. Con el tercero, Tincho se elevó más y más, lentamente, como si volara, la cara llena de alegría y sonrisas, de carnaval y pasión. Siguió ascendiendo arriba y más arriba todavía.
Ahora me parece que nadie lo ve, sólo yo. Una mano gigante sale de entre un puñado de estrellas y ataja a Tincho; en la oscuridad asoma una cara risueña, regordeta y de ojos achinados, como esas que simbolizan al teatro. El dios de la carota gigante acerca la mano a su boca y besa la cabecita de Tincho. Un fuentón blanco, la luna, platea la cara del mocoso. La mano desciende, y Tincho pisa nuevamente la tierra, con una sonrisa que da vuelta dos veces el perímetro de su cabeza.
Ha pasado ya tiempo desde aquel mágico día, y nunca supe nada más de Tincho. Pero de algo estoy seguro: nuevamente, el carnaval había cumplido su oculto cometido de erigirse en un atajo hacia la alegría.
Una vez más, Dios Momo había hecho todo lo posible por transformar al Carnaval en una indiscutible república de iguales.

miércoles, 6 de abril de 2011

Flujo de mierda espesa: ¿cómo crecemos sobre la crítica?


Expreso lo que siento hoy: estoy totalmente indignado y decepcionado. Decepcionado con el sindicalismo, decepcionado con los periodistas que defienden este proyecto nacional y popular, al que apoyo absolutamente. Decepcionado con los funcionarios ministeriales. Enojado. Ayer quise escuchar la otra campana del caso Luis Siri (delegado representante de los trabajadores de AGT). Es decir, no la de TN y Clarín que, como sabemos, nos repite su versión hasta el cansancio. La otra campana, la de los que estamos del mismo lado. Por eso encendí la tele y puse 6-7-8. Lo que ví allí me decepcionó aún más que el pedido de guita que Siri hizo a las lacras de Clarín. Muchachos: no se puede defender lo indefendible. Víctor Hugo Morales: usted que entrevistó a Siri una vez que se dio a conocer el video que lo involucra, ¿no se da cuenta que el delegado gremial le está mintiendo descaradamente en la cara? Así como en otras ocasiones decidió tomar una posición absolutamente combativa y en contra de los intereses monopólicos desde su lugar de periodista reconocido, ¿no puede hoy esbozar una crítica hacia ese impresentable de Siri, y mandarlo a la recontramierda sin decir agua va? Juan Pablo Varsky: su hipótesis es insostenible. Sabemos que el Grupo Clarín incurre en un delito al filmar con cámara oculta a un representante de los trabajadores, pero vamos, la falta en la que incurre Siri, ¿no merece un repudio absoluto? Supuestamente, el tipo está defendiendo los intereses de los trabajadores: ¿entonces qué hace transando y solicitando más de $ 3 millones para su bolsillo? Señores periodistas del panel y la producción de 6-7-8,: rechazo absolutamente -y detesto- la posición que han adoptado, tratando de justificar una conducta condenable, y contrapesando con argumentos que, aunque fortísimos (caso Herrera de Noble, expropiación de Papel Prensa, su ruta), de ninguna manera sirven para mitigar la horrible conducta adoptada por un supuesto representante de los laburantes. Señores periodistas que defienden este proyecto: estamos del mismo lado, e insisto en que continuaré apoyando este proyecto. Pero de ninguna manera debemos renunciar a las banderas de la verosimilitud (ni siquiera menciono la palabra “verdad”). No podemos justificar lo injustificable, y mucho menos debemos dejar de lado la crítica a los aspectos flojos de este gobierno: soy consciente de que para que el proyecto siga debemos tragar el sapo gordo de la pata sindical. Sólo que hoy las paredes de mi garganta no soportan más este flujo de mierda espesa.