miércoles, 4 de mayo de 2011

CrisPasión con Simón




Suena el despertador: siete en punto. Uuuy un ratito más. Me enrosco en la frazada como puedo, y me quedo. Salto como si tuviera brasas en la espalda. Pensé que me había quedado dormido: por suerte, no. Son las siete y veinte. Cuesta despegar los párpados, sobre todo si tienen lagañas de toda la noche. No hago demasiado esfuerzo. Casi sonámbulo, me voy a la cocina y cargo la cafetera exprés con un granulado marrón: espero que sea café.
Prendo el calefón para el baño nuestro de cada día. Diez minutos, rapidito. Me envuelvo en la primera toalla que manoteo.
Pienso por qué cuernos tengo tanto sueño. Me retrotraigo a las siete de la tarde del día anterior, hora en que normalmente llego a casa. En qué lio te has metido, pienso. Me acuerdo cómo mi hijo Simón, de 10 cortos y enérgicos meses, me tuvo a las corridas apenas pisé mi casita. Lo tomo de las dos manitos y lo ayudo a caminar, porque tiene ganas de ir a ver cómo gira el lavarropas, pero enseguida se aburre y me conduce hasta la pileta del baño y quiere que le moje las manitos porque parece que le gusta el agua, pero se aburre enseguida y quiere que lo conduzca hasta su cuna, porque le gusta revolcarse con su oso Camilo, pero a los cinco minutos llora como una hiena y le digo esperá Simón, pero Simón no espera y me aturde, entonces le hago upa y el pibe-ni-una-lágrima-más ahora quiere bajarse y gatear y va directo a la mesa de la televisión y yo voy corriendo detrás para evitar que los cinco minutos siguientes se traduzcan en tortilla de Simón.
Llega la hora del baño -de Simón, no del mío-, y con mi hermosa compañera de ruta de vida aprontamos todo. Lo bañamos y le hacemos morisquetas. Y también pequeñas obras de teatro recién inventadas, cuyos protagonistas son el pato de hule y el hipopótamo-termómetro, ese que sirve para medir la temperatura del agua.
Luego del baño viene la cena -la de Simón, no la nuestra-. Avioncito, toc toc déjeme entrar, qué papa más rica, Manuelita la tortuga, central de Fukushima, el oso Camilo también come como vos, misiles, torpedos, pelota al ángulo: pocas cosas lo convencen de que tiene que abrir la boca y engullir. En qué lío te metiste, Maxi.
Vuelvo a este momento, a después del baño -el mío, no el de Simón-. Ya estoy un poco más despabilado, y pienso en que para los próximos meses deberíamos canalizar algo de nuestra energía -la de mi esposa y la mía- hacia alguna forma de participación popular. Pienso en los huevos de Cristina Fernández, y también en los errores de gestión: “Pucha, qué bueno esto, y esto otro. Y puta madre, cómo le pifiaron en esto. Pero a Cristina no le podemos endilgar que no labura. Labura, y porque lo hace, acierta y se equivoca”. En todo eso pensaba, y mientras me secaba los espacios entre los dedos de los pies, escuché una risita que venía desde la cuna. Adiós, adiós pensamientos; se me entremezclan: “La mamadera… hay que preparar la mamadera de Cristina… No, gil… qué lindo poder pensar en un proyecto Simón nacional… Simoncito, mi dulce Simoncito. Y la Asignación Universal por Hijo, y la cuestión distributiva, pero hay que seguir profundizando, todavía hay muchas urgencias uy se habrá meado, hay que cambiar ese pañal… Ojalá ganemos… ojalá no se haya meado mucho…”. En qué lío nos hemos metido, pienso otra vez. Me acerco a la cuna, y un sol recostado me sonríe, con los ojos abiertos aunque hinchados por el sueño reciente. “En qué hermoso lío nos hemos metido”, pienso.

La república de iguales



Esa noche Dios Momo abandonó su trono. Y le clavó al niño una sonrisa que quizás le dure hasta hoy. La historia a la que me refiero le sucedió a
-¡Tincho!, ¡Tincho! ¡Andá a lavarte las manos que está la comida, querés! ¡Dale que falta poco para que lleguen!- dijo la madre.
Por ese entonces, Tincho tenía cuatro años, y vivía en una casita de una villa de emergencia cuyo nombre no recuerdo, allá por Moreno.
Pelopincho, ojos de carbón, pantalón cortito, piernas de escarbadientes, Tincho se sentía contento por anticipado. No sabía demasiado bien qué sucedería, pero la alegría lo atravesaba de pies a cabeza.
Era una de esas tardes de febrero en que la canícula se tornaba insoportable. En el terreno baldío que daba frente a la casa de Tincho, algunos vecinos de la villa ultimaban los detalles para el festival que acontecería en las próximas horas: un tablón inmenso sobre tres caballetes serviría de mostrador para vender pastafrolas, choripanes y cocas; dos postes de luz desvencijados resultaron ideales para colgar unos banderines que, aunque descoloridos, conferían al terreno cierto aire de club social y deportivo. Una pena: lucecitas de colores no había. La guita de la comisión organizadora no daba para tanto. Aunque sí consiguieron un par de parlantes grandes para el sonido y la música.
Allá, algunos pibes jugaban al carnaval, y de trinchera a trinchera se tiraban agua con recipientes multiformes: desde vasos y botellas plásticas cortadas al medio hasta baldes y palanganas. Un poco apartado de los vecinos, un morocho peinado a la gomina, cincuentón y elegante, engolaba la voz y practicaba:
-¡Noche de carnaval! ¡Alegría para grandes y chicos!... No, no me gusta… ¡En esta noche de carnaval, con ustedes…!
Tinchito estaba exultante. Si bien se trataba de un festival modesto y a puro corazón, en el barrio estas cosas sucedían cada muerte de obispo. Actuaría una cuadrilla de tambores, una murga -“Tirados a la Marchanta”- y “El Culebrón Timbal”, un grupo de músicos de Moreno que aún hoy se moviliza en un precioso vejestorio (un colectivo Mercedes Benz de los ´70 todo pinturrajeado y con tres muñecos cabezudos sobre el parabrisas).
Con sus cuatro cortos años, Tincho poco o nada se imaginaba acerca de lo que era una murga, o un toque de tambores. Había que esperar un poquito, sólo eso (una espera parecida a la de la Noche de Reyes), y la magia llegaría.
Como era nuestra costumbre (y la de los murgueros en general) llegamos en un micro escolar alquilado, de los naranjas. Apenas arribamos empezamos a descargar nuestros petates (bombos con platillo, cabezudos, banderas, redoblantes). En eso estaba yo, intentando, con cierta dificultad, bajar un bombo por la estrecha escalera del ómnibus, cuando se asomaron una cabecita negra y unos dientes blanquísimos con paletas rotas:
-¿Cómo te llamas?- le dije.
-Tincho- me contestó, y salió corriendo, lleno de vergüenza.
Los que primero actuaron fueron los del grupo de percusión, quienes comenzaron a salpimentar la calurosa tarde con sus toques tribales. A ellos siguieron los de “El Culebrón Timbal”.
A eso de las 19, nuestra murga comenzó a formar filas y a prepararse para su presentación. Éramos alrededor de 50 tipos vestidos con elegantes levitas verdes y violetas, de rostros prolijamente pintados y una polenta que metía miedo. ¡Vamos, eh, vamos que es la nuestra!”, nos dábamos aliento.
El desfile estaba resultando impecable. Ya en el centro del terreno baldío, el vecindario estalló en aplausos de recibimiento. Tomé el micrófono, y mientras presentaba a “¡Tirados a la Marchanta, la máquina del Carnaval!”, fijé la mirada en aquellos ojos negros que habían salido rajando cuando bajé del micro.
Tincho se reía despacito aunque de manera visible; aplaudía y movía los pies como queriendo largarse a bailar, pero su gran vergüenza se lo impedía.
Luego vinieron las canciones de presentación, crítica y retirada. La tarde se encendía de aplausos y voces desentonadas y desencajadas; la magia quería enhebrarse en el aire, pero aún no lo conseguía.

Están invitados a nuestra fiesta
todos los que usted quiera, aquí sobra lugar.
No nos importa cuánta garra hay que ponerle,
lo que nos interesa es vivir el Carnaval

Cantábamos.
Hasta que llegó la ronda de matanza. Para quienes desconocen el tema, la matanza es ese particular momento en que los murgueros demuestran sus habilidades para el baile, tierra, patada, latiguillo y tres saltos bien arriba, como una tribu que hace todo lo posible por caerle bien a su dios a través de una danza ritual.
En el horizonte, una bola roja se iba consumiendo poco a poco, desparramando jirones de sangre sobre los techos de chapa. Se venía la noche, y con ella, un problema: cada vez veíamos menos al murguero que bailaba a nuestro lado, y mucho menos al público. En lo que a mí respecta, sólo veía, a lo lejos, los ojos de Tincho, ahora bracitas encendidas.
Entonces sobrevino una brillante idea. Uno de los chicos de “El Culebrón” acercó el colectivo a pocos metros de donde estábamos bailando, y encendió las luces. Otro vecino trajo su renoleta y también encendió sus luces; otro vino su Torino todo descangallado: en pocos minutos, la pista de baile ritual que era el terreno baldío quedó iluminada desde los bordes hacia el centro.
Entonces sí, dentro del círculo de luz sobrevino la magia. Una extraña e intensa energía atravesó los cuerpos de los murgueros, quienes comenzamos a bailar de manera desenfrenada al ritmo de los bombos con platillo. Tierra, patada, latiguillo y tres saltos, nos desentendimos de cualquier indicio de agotamiento físico.
En ese territorio dominado por el frenesí, fijé aún más mi vista en Tincho. Un piecito tras otro, Tincho caminó hacia el centro de la pista y se animó al tierra, patada, latiguillo. Estaba irreconocible: parecía como si de un solo movimiento se hubiera despojado de toda su vergüenza. Tierra, patada, latiguillo, sus zapatillas desparramaban polvo para todos lados; cada vez más fuerte, cada vez más intenso, tierra patada y latiguillo. Yo lo observaba sorprendido, y en ese momento al mocoso se le dio por dar los tres saltos al compás de los tres golpes de bombo. Dio el primero, y se elevó por encima de mi cintura; luego el segundo, y sus pies casi rasguñaron mi cabeza. Con el tercero, Tincho se elevó más y más, lentamente, como si volara, la cara llena de alegría y sonrisas, de carnaval y pasión. Siguió ascendiendo arriba y más arriba todavía.
Ahora me parece que nadie lo ve, sólo yo. Una mano gigante sale de entre un puñado de estrellas y ataja a Tincho; en la oscuridad asoma una cara risueña, regordeta y de ojos achinados, como esas que simbolizan al teatro. El dios de la carota gigante acerca la mano a su boca y besa la cabecita de Tincho. Un fuentón blanco, la luna, platea la cara del mocoso. La mano desciende, y Tincho pisa nuevamente la tierra, con una sonrisa que da vuelta dos veces el perímetro de su cabeza.
Ha pasado ya tiempo desde aquel mágico día, y nunca supe nada más de Tincho. Pero de algo estoy seguro: nuevamente, el carnaval había cumplido su oculto cometido de erigirse en un atajo hacia la alegría.
Una vez más, Dios Momo había hecho todo lo posible por transformar al Carnaval en una indiscutible república de iguales.

miércoles, 6 de abril de 2011

Flujo de mierda espesa: ¿cómo crecemos sobre la crítica?


Expreso lo que siento hoy: estoy totalmente indignado y decepcionado. Decepcionado con el sindicalismo, decepcionado con los periodistas que defienden este proyecto nacional y popular, al que apoyo absolutamente. Decepcionado con los funcionarios ministeriales. Enojado. Ayer quise escuchar la otra campana del caso Luis Siri (delegado representante de los trabajadores de AGT). Es decir, no la de TN y Clarín que, como sabemos, nos repite su versión hasta el cansancio. La otra campana, la de los que estamos del mismo lado. Por eso encendí la tele y puse 6-7-8. Lo que ví allí me decepcionó aún más que el pedido de guita que Siri hizo a las lacras de Clarín. Muchachos: no se puede defender lo indefendible. Víctor Hugo Morales: usted que entrevistó a Siri una vez que se dio a conocer el video que lo involucra, ¿no se da cuenta que el delegado gremial le está mintiendo descaradamente en la cara? Así como en otras ocasiones decidió tomar una posición absolutamente combativa y en contra de los intereses monopólicos desde su lugar de periodista reconocido, ¿no puede hoy esbozar una crítica hacia ese impresentable de Siri, y mandarlo a la recontramierda sin decir agua va? Juan Pablo Varsky: su hipótesis es insostenible. Sabemos que el Grupo Clarín incurre en un delito al filmar con cámara oculta a un representante de los trabajadores, pero vamos, la falta en la que incurre Siri, ¿no merece un repudio absoluto? Supuestamente, el tipo está defendiendo los intereses de los trabajadores: ¿entonces qué hace transando y solicitando más de $ 3 millones para su bolsillo? Señores periodistas del panel y la producción de 6-7-8,: rechazo absolutamente -y detesto- la posición que han adoptado, tratando de justificar una conducta condenable, y contrapesando con argumentos que, aunque fortísimos (caso Herrera de Noble, expropiación de Papel Prensa, su ruta), de ninguna manera sirven para mitigar la horrible conducta adoptada por un supuesto representante de los laburantes. Señores periodistas que defienden este proyecto: estamos del mismo lado, e insisto en que continuaré apoyando este proyecto. Pero de ninguna manera debemos renunciar a las banderas de la verosimilitud (ni siquiera menciono la palabra “verdad”). No podemos justificar lo injustificable, y mucho menos debemos dejar de lado la crítica a los aspectos flojos de este gobierno: soy consciente de que para que el proyecto siga debemos tragar el sapo gordo de la pata sindical. Sólo que hoy las paredes de mi garganta no soportan más este flujo de mierda espesa.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Jaureguiberry, la perla escondida de Uruguay


No resultaría conveniente, por parte de quien escribe este texto, localizar con exactitud esta región de Uruguay: sencillamente, para no avivar demasiados giles. A título informativo, sólo diremos que se trata de una franja costera situada a pocos kilómetros antes de llegar a las coquetas playas de Piriápolis. Allí se ubican los balnearios Guazuvirá Nuevo, Cuchilla Alta, Solís, Las Flores…
De este collar de escondidas perlas es recomendable una visita al Parque Balneario Jaureguiberry. Desde la terminal de ómnibus Tres Cruces, de Montevideo, la empresa Copsa tarda sólo dos horas en trasladar a los pasajeros a este paraisito.
Ingresar en Jaureguiberry es tomar contacto con un lugar en el que las casas parecen camufladas por la vegetación. Caminar por alguna de sus calles de tierra -por ejemplo, Rivera-, es ingresar a un pueblito en el que el acento está puesto en la sustentabilidad.
En Jaureguiberry no hay hoteles, ni rambla para pasear, ni peatonales. No hay cines, ni centros comerciales. Sólo hay un par de almacenes (“Benji” y uno al que todos llaman “Lo de Laura”). Tampoco hay saneamiento ni agua de red (ésta es extraída de pozos).
Todo lo dicho bien lo reafirma el blog de la Liga de Fomento de Jaureguiberry (
http://www.ligajaure.blogspot.com/): “¿Qué ofrece Jaureguiberry al residente o al turista? Naturaleza. Si pretende confiterías o restoranes, no hay. Si quiere shoppings, tampoco. Si desea teatro o cine, no existen. Si quiere levantarse, aprontar un mate y pasear por la playa, el bosque o el arroyo, sí puede. Si quiere hinchar sus pulmones con aire puro también. Si quiere oír música: no hay como el concierto que nos brindan las aves con sus diferentes trinos. Y si quiere algún espectáculo, ¡qué mejor que el bosque! El bosque es un mundo de maravilla cuando el espíritu está abierto a él, dispuesto a asimilar sus secretos, a apreciar sus bellezas, a absorber sus aromas y contrastes. Aquí un pino viejo se convierte en un refugio de pájaros. Allá un techo de ramas crea un templo sin dioses. Rayos de sol que atraviesan el follaje hacen nacer un bosque paralelo de oro y misterio. En el bosque se da un momento de comunión entre los hombres y los animales, ¡hay paz! Resumiendo: si lo que busca es consumismo, lo hallará en cualquier lado, pero si pretende convivir y conocer la naturaleza: ¡Bienvenido al Parque Balneario Jaureguiberry!”.

VIVIR LA EXPERIENCIA “JAURE”.
Sólo basta con salir de la vivienda en la que uno está morando (es posible alquilar algunas durante el verano), y comenzar a caminar en silencio mientras se observa la profusa vegetación circundante. Un poco más allá se levanta una duna menor coronada de vegetación, que se podrá sortear sin dificultad, pasito a pasito, quitando del camino algún arbusto que nos moleste. Ya en la cima de la duna se divisa, a lo lejos, una veta de mar verde esmeralda (quienes saben aseguran que a esta altura del territorio uruguayo las costas dan al Río de la Plata; a quien escribe le gusta pensar que dan al mar. Además, el agua es salada), y un cielo azul límpido, que ha sabido guardar las nubes para otra ocasión.
Entre el vértice de la duna y el mar se extiende una playa amplia y despoblada, de fina arena. La postal es una figurita difícil del Caribe pegada en esta parte del mundo.
Pero no sólo para relajarse, tomar sol y zambullirse en el mar calmo sirve esta franja costera. También es muy recomendable realizar caminatas por la playa hacia el arroyo Solís Grande, imponente surco de agua cuya desembocadura besa sutilmente las aguas de Jaureguiberry, en una mezcla de verdes y azules digna del cuadro de un fantasmagórico pintor.
Ojalá un día usted, querido lector, encuentre y disfrute este remanso, un auténtico lugar en el mundo para salir de él.

martes, 9 de noviembre de 2010

Tu puta muerte


30 de octubre
Se me aparece tu imagen apiltrafada y no puedo evitar llorar. Cada día, desde hace tres, me sucede lo mismo. Me despierto a eso de las ocho, ocho y treinta, y pienso: “¿Habrás resucitado?”
Y la realidad me contesta siempre otra cosa: no, querido, ahí está la puta noticia, el cajón, tu esposa estoica, el desfile incesante de nuestros morochos -sí, Néstor, eso lograste además: que los morochos de Eva y Juan Domingo fueran ahora no sólo tuyos y de Cristina, sino también de muchos de nosotros-. Y más, el desfile incesante de clases que lograste incorporar a este proyecto, a través de esa otra mirada de país que nos supiste impregnar.
Vaya si tenías otra mirada. Pienso en la utilidad que le dabas a esos ojos de pez: con uno fichabas la negociación, hábil animal político; y con el otro repasabas de abajo hacia arriba la realidad nacional, tratando, a los trompazos, de practicar al máximo esa inclusión social que tanto te preocupaba.
¡Ay, Néstor! Si te levantaras de ese cajón de mierda, cómo me gustaría cagarte a trompadas, pararme en un mano a mano frente a vos y decirte: “Imbécil, ¿no te das cuenta que así como estabas no podías encarar un Luna Park, un Ferro?, ¿qué querés, matarte solito? ¿Pensaste en nosotros, en tu esposa, en tus hijos?”. Y lo peor de todo es que sí pensabas, por eso llegaste adonde llegaste.
Y pienso yo: ¿cómo, estúpidos nosotros también, nunca te advertimos de que semejante vértigo acercaba cada vez más a la Parca a los pies de tu cama?, ¿por qué no te fui a esperar a la puerta de tu edificio, o por qué ni siquiera te mandé un e-mail para putearte?
Ay, Néstor, compañero Néstor, querido amigo Néstor, que me reprocho no haberte conocido en persona. Cercano Néstor, de carne y hueso, no como el General, tan distante de mí y encima tan General (a él lo hubiera tratado de usted).

Más acá
El mismo día de tu partida rajamos en familia a la plaza, temprano, tipo tres de la tarde, no vaya a ser que después se nos complicara para volver a casa. Allí estábamos mi amor y compañera de vida, y mi hijo de tiernos cinco meses, con dos cartelitos para pegar en las vallas frente a la Casa Rosada. Y un puñado de lágrimas y otro de bronca y otro más de desasosiego: y bueno, sí, no llevamos ramos de flores.
Primero eras un muerto más, poquita gente, vuelo cerrado de palomas, cielo peronista hermoso y algunos cartelitos. Pero en breve, muy en breve, la gente se multiplicó, salió de abajo del piso, de dentro de las estatuas, caía del cielo, venía de mar adentro. Y luego fuiste más que Sanca, que el Gauchito ese que no me animo a nombrar por las dudas. La serpiente -hecha de hombres y mujeres; de tristeza profunda; de desamparo y de alegría y de confianza mutua y de solidaridad- reptó dos días con sus noches cerca de tu cajón, creyendo de manera inconsciente y equivocada que te levantarías y acabarías con esa pesada broma. Cada tanto, del cuello del animal se estiraba una boquita de donde salía un grito desgarrado, una voz esperanzada, un consuelo cariñoso obsequiado a ella, la Dulcinea de esta historia. Porque vos eras bastante un Quijote, Néstor.
Kirchner, si habrás sido vasco o de ascendencia vasca. Ni quiero ponerme a averiguar si es así: sólo lo intuyo por tu testarudez, tu afán indomable para echar en la mesa las cartas que nadie quiere ver, por empujarnos a la cancha política aunque nosotros, tu gente, venimos de no tener muchas ganas de.
¿Qué hacemos, Néstor, qué hacemos con esta muerte?
¿Qué hacemos con esa energía, cómo la modelamos para dejarla a los pies de tu esposa?
¿Qué hará el pibe Bauer, aquel que te cantó el Avemaría?
¿O el otro tipo del campo, ese que dijo algo así como que ni durante tu gobierno ni durante el actual de Cristina los agropecuarios remataron una puta hectárea, y frente a cuyo relato Cristina se quebró tan quebrada?
¿Y qué hará esa pareja de homosexuales que te agradeció su amorosa unión en matrimonio?
En suma, ¿qué vamos a hacer con ese protagonismo efímero con el que te quisimos sacudir, despertar de la muerte?
Si hasta los ateos y agnósticos más recalcitrantes que integran tus filas querían convencerse a sí mismos, ese día, de que los seguías guiando desde algún cielo.
Yo, en cambio, no sé… Ojalá que se pueda, qué se yo… Mi pena es grande y sigue abierta, en carne viva. Intento convencerme de que ahora los del palo más o menos nuestro están más unidos que nunca, pero tu falta me sigue alentando un sabor amargo.
¿Podrá Cristina?, ¿podrá Argentina?, ¿podremos nosotros?, ¿podré yo? Carajo con tanta incertidumbre frente a tu puta muerte.

martes, 3 de agosto de 2010

El pez y su boca II

Largaremos otra hipótesis, con un poco más de condimentos y un buen ejemplo. En parte, la sucesión de hechos que me pone contento es resultado de:
1) Debatir con nuestra pequeña valentía, sin miedos, sin vergüenza por lo que pensamos o sentimos.
2) Dejar que el pez gordo muera enfáticamente con sólo abrir su boca.
Ya hemos visto cómo la Iglesia se encargó de sustentar el segundo punto. Pero me gustaría recordar un hecho más: repasemos mentalmente cómo Franco Macri rechazó hace pocos días las acusaciones del PRO contra los Kirchner tras la confirmación del procesamiento de su hijo en la causa por las escuchas ilegales.
“Pondría las manos en el fuego de que el Gobierno no tiene nada que ver [con la causa por las escuchas ilegales]. Estoy seguro que no es un proyecto del Gobierno hacer que Mauricio tenga problemas”, dijo el padre del jefe porteño.
Don Franco hubiera sido más benévolo de haber rociado con querosene a su hijo y acercado un fósforo. Pero no: habló. Abrió su bocota, como lo suele hacer Mauricio Macri y como lo hicieron los evangelistas y los ultracatólicos durante la marcha contra el matrimonio igualitario. Se queman a lo bonzo, sin propuestas y sin un ápice de inteligencia. Como lo hace Carrió, o Morales, o tantos otros que no pueden mantener la mirada porque saben que tienen los ojos cargados de barro.
Debatamos, abramos nuestra fuerza vital y nuestra energía a la discusión, sí; pero también, en algunas ocasiones, dejemos que el chancho chifle. Que abra su bocota y se mutile su propia lengua, solito nomás.

lunes, 2 de agosto de 2010

El pez y su boca


Cada vez me ponen más contento las sucesiones de algunos hechos. Me llenan de una alegría movilizadora, sentimiento que me alimenta la tibia ilusión de que algo, una energía de nuestro palo por debajo de la tierra, viene molestando en silencio a muchos, y va por más.
La aprobación de la ley que posibilita el casamiento entre personas del mismo sexo se tradujo en un profundo estiletazo a sectores de la sociedad representativos de nuestros costados más horrorosos. Esos mismos sectores que otrora creían que el matrimonio como institución dejaría de existir con la aprobación de la Ley de Divorcio, hace algunos días gritaban, descarnados, que la sociedad llegaría a su fin si se les permitía a los gays contraer matrimonio.
"Tengo la cola cerrada y la mente abierta. Yo quiero ser bien claro con la frase esa. Yo puedo tener la mente abierta, pero no la mente abierta para ir contra natura. Ser homosexual es ir en contra de la naturaleza, eso es una realidad”, decía el diputado salteño Alfredo Olmedo. Y se tuvo que comer sus palabras. “Vos también la tenés adentro”, dijo el semidios D10go, y esta frase aplica también para Olmedo y sus pares pseudo-opusdeístas u opusdeístas del todo.
Pero volvamos y recordemos: en 1954, cuando estalló el conflicto con la Iglesia argentina, Perón sancionó una Ley de Divorcio, legalizó los prostíbulos y suprimió la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas. Por ese entonces -tal como lo presenciamos hace muy poco- la Iglesia encabezó la oposición y, el 11 de junio de 1955 la tradicional procesión de Corpus Christi se transformó en una multitudinaria manifestación antiperonista. Tanto progresismo junto y tantos dardos apuntados contra “Retrograland” le costó el gobierno a Perón.
Quizás hayamos madurado como sociedad, quizás haya muerto de muerte natural una buena parte de los retrógrados. O quizás tantas luchas en los ´70 estén comenzando a dar sus primeros frutos por estos días. O quizás algunos sectores mueren enfáticamente con sólo abrir la boca. Quizás un poco de todo esto, lo cierto es que en esta puja entre poder político e Iglesia/derecha argentina, la política ha jugado sus fichas a favor del amor, el respeto por el prójimo y la igualdad de derechos. Lo que equivale a decir que la política está empezando, tímidamente, a ponerse al servicio de la sociedad.
De todo este menjunje, rescatemos algo: a veces, es necesario llamarnos a silencio, y dejar que el pez abra su enorme bocota.